NEVADA


Juana y la nieve

A la montaña le da el nombre, su dueño. Entre los mapuches, al amo y señor, le dicen Pillán que es un espíritu que vigila sus tesoros y los preserva de las colosales injusticias que cometen los hombres. Eso dice Pillán, y no perdona ni a los chicos, y mucho menos a los grandes.
Pillán vive en la cima deshabitada hasta donde ninguno de nosotros se aventura, pero desciende para transitar sus senderos, custodiar los animales del monte, y aparecerse a la margen de los lagos o en la abra de los valles, donde finaliza su dominio...
Se sabe que cuando Pillán se encoleriza, un viento amenazante empieza a estremecer las copas de los árboles más altos, sacudiendo con fuerza extraordinaria hasta la más tierna hierba, echando el silencio que se adormece en los montes y reuniendo a las nubes. Cuando quiere escarmentar, lo hace con odio y provoca tormentas, y derrumbes, y erupciones...
Les hace kalkutun, es decir brujerías.
En una zona muy rica en animales, donde se mezclan los huemules y las maras, correteando libremente entre los amancays, una vez un grupo de muchachos recorría el bosque de cacería siguiendo las huellas de un huemul. Decididos, con el carcaj y el cuchillo bajo el ropón de lana y seguidos por los perros, iban escalando la pendiente.
- Seguro que se fue para la corriente – dijo uno – allí lo apresaremos. – Y sin más palabras marcharon, ufanos, siempre hacia lo alto, siguiendo la rastreada que abraza la montaña. Sus pasos se hicieron cautelosos al arrimarse al riachuelo. Era un arroyito, apenas un chorro de agua que resbalaba desde la cumbre, donde guijarros o troncos caídos formaban diminutos estanques, y los altos árboles perdían toda hosquedad, tapizándose de musgos y engalanando con flores multicolores que exhalaban aromas embriagadores.
Escondidos y callados, los jóvenes cazadores esperaron al huemul. Cuando ya había pasado más de media hora, espacio de tiempo que les pareció muy largo, el animal llegó al río y se instaló a beber con parsimonia el agua cristalina. Los perros, inquietos se adelantaron y espantaron al ciervo, que huyó ágilmente cuesta arriba, buscando el refugio de los árboles...
Y comenzó la cacería. Los perros rastreaban la huella y corrían, enhiestos, mientras los cazadores se distanciaban, subiendo por diferentas vías, para rodear al animal. Por momentos, el huemul se inmovilizaba y rápidamente, asustado, volvía a correr, siempre trepando montaña arriba, su única ruta libre.
Cuando lo atraparon estaban casi en la cima. Lo arrinconaron contra las grandes riscos al animal que estaba sin resuello. De este modo les fue fácil clavarle sus cuchillos. Ellos también temblaban, con el corazón golpeando como el parche de un Kultrun y con las piernas y pies lastimados por las espinas de los matorrales.. Una vez recuperados, tomaron conciencia que anochecía y no conocían el sendero para volver.
Acaso porque jamás habían subido tan alto por las cuestas de la montaña, o porque el paisaje había tomado formas extrañas con las sombras de la noche y nada les era familiar. Ya no había árboles, ni veían las araucarias, las que tenían hongos a su alrededor. Ya no se veían más pájaros ni flores. Sólo encontraban los huesos blancos de algún animal muerto. Pisaban el suelo peñascoso que no se escondía bajo la alfombra de hojas, de frutos, de ramitas como cuando subían... Todo estaba desnudo. Limpiado por un viento helado que se enredaba cada segundo más en el miedo. La montaña completa parecía purificarse en la blancura de la luna que aparecía en el inmenso océano negro del cielo.
Cierta preocupación los llevó a apurar el paso y desear estar cuanto antes nuevamente en su ruca, la casa de piedra con el hogar encendido y el olor de la comida confundiéndose con el humo... En un recodo del río, que les pareció seguro desollaron al animal, y salaron su carne deshuesada. Luego, cansados siguieron descendiendo por la ladera, arrastrando los bolsones. Fue entonces cuando escucharon un gemido, y apurados entraron a la casa. Toda la noche los acosó el quejido de la montaña.
Antes del amanecer comenzó a cubrirse todo con una niebla tan espesa como el humo que cerró el firmamento y no se distinguió más la luz del sol. Entonces empezó a caer desde la cima de manera continua, piedras de todo tamaño que golpeaban la tierra caliente. Retemblaba bajo la heredad de los mapuches con una lluvia de cenizas que cayó sobre los sembrados.
Las machis, mujeres sabias, redoblaron las rogativas pero de nada sirvieron. La más anciana leyó en las cortezas de Coihue, del árbol siempre verde tan mágico, pero las escrituras le resultaron confusas. Su sabiduría la llevó a buscar la soledad por siete días y sus noches en una grieta de la montaña, envuelta en su grueso manto y nutriéndose solamente con los frutos de la murta. Algunos dicen que se alimentó sólo con la corteza del ñolhiñ. Cuando volvió de su recogimiento estaba apenada por la noticia que debía dar al Cacique: solo una ofrenda calmaría al Pillán, y pedía el mayor tesoro, su hija..
Les explicó que debía llevarla arriba el más aguerrido y sabio de los Koná.
La princesa se llamaba Huilefún, que quiere decir Juana en idioma mapuche, y era tan hermosa, que todos lloraron al conocer la noticia.
Su madre quiso esconderla pero nadie la ayudó. La cruel inmolación debía cumplirse.
Las mujeres de la tribu la arreglaron, la peinaron y embellecieron Le trenzaron el negro pelo, la envolvieron en un manto nuevo y se lo sujetaron con un prendedor de Llanka. De esta manera, la princesa se presentó ante todos los pobladores que la despidieron llorando y guardando sus gritos de impotencia.
Un joven, tan hermoso como ella se acercó y le dijo:
___Yo te llevo, Juana..
Sonaron los Kultrunes y en ese sonido se ahogó el sollozo del Cacique y de su mujer que, con el cabello cortado, corrió hasta la jovencita y le prendió en el pecho, su mechón de duelo.
Los dos jóvenes comenzaron el ascenso hacia la cima entre el humo y las piedras que ocultaban por momentos, las siluetas de ambos.
Cuando llegaron, la jovencita le pidió que no demorara en bajar, pero el muchacho le contestó - Yo me quedo con vos...

Pillán los observaba confundido en el alma de un cóndor.

El frío los llevó a abrazarse. Y el miedo. Y se quedaron juntos, envueltos por sus mantos. Imprevistamente, una negra sombra. Una enorme negrura los cubrió. En el firmamento, resplandeció una tenue lucecita, como una luciérnaga. Era Sechû, el duende de las almas buenas. Con sus largos cabellos ocultó a los jóvenes.
Pillán, cada vez más enceguecido de ira porque nunca pudo vencer al Amor, era transportado en las alas de un cóndor, y se sentía poderoso. Se abalanzó sobre la pareja pero no pudo arrancar a Juanita, ni aprisionarla con sus garras. Y no la levantó en el aire porque se interpuso el duende. De este modo, encolerizado, llevaba al duende y con él sobrevoló la cima y lo dejo caer en la boca humeante del cráter.
Mientras los jóvenes corrían de un lado a otro, un aire frío irrumpió, y comenzó a nevar por primera vez en esta parte del universo.....
Firme, lechosa, dócilmente, la nieve penetró por primera vez sobre la abertura del volcán, sumergiendo su pasión milenaria, calmando la sed de venganza de Pillán.
Hoy nadie recuerda la historia. La montaña se muestra serena, inconmovible, y se eleva por encima del esplendor del valle y del suelo ceniciento y de los lagos de playas oscuras...
Se han perdido esas imprecisas presencias de añejos incendios. Pocos saben de los duendes ni del dueño de la montaña. –-----------------------------------------------------------------------------------




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